Catecismo
TEMA 86º
AMÉN
(N. 1061-1065)
El Credo, como el último
libro de la Sagrada Escritura (cf Ap 22, 21), se termina con la palabra hebrea
Amen. Se encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo
Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones con un “Amén”.
En hebreo, “Amen”
pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Esta raíz expresa la
solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el “Amén” puede
expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en
Él.
En el profeta Isaías se
encuentra la expresión “Dios de verdad”, literalmente “Dios del Amén”, es
decir, el Dios fiel a sus promesas: “Quien desee ser bendecido en la tierra,
deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con
frecuencia el término “Amén” (cf Mt 6, 2.5.16), a veces en forma duplicada (cf
Jn 5, 19), para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad fundada
en la Verdad de Dios.
Así pues, el “Amén” final
del Credo recoge y confirma su primera palabra: “Creo”. Creer es decir “Amén”
a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse
totalmente de El que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La
vida cristiana de cada día será también el “Amén” al “Creo” de la Profesión de
fe de nuestro Bautismo:
Que tu símbolo sea para ti
como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y
regocíjate todos los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11, 13: PL 38,
399).
Jesucristo mismo es el
“Amén” (Ap 3, 14). Es el “Amén” definitivo del amor del Padre hacia nosotros;
asume y completa nuestro “Amén” al Padre: “Todas las promesas hechas por Dios
han tenido su <<sí>> en él; y por eso decimos por él <<Amén>> a la gloria de
Dios” (2 Co 1, 20):
Por El, con El y en El,
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
AMEN