Catecismo

TEMA 81º

 

EL SÉPTIMO MANDAMIENTO

(N. 2401-2449. Resúmenes 2450-2463)

  

  

                  

“No robarás” (Ex 20, 15; Mt 19, 18).

  

        

El séptimo mandamiento:

  

 

 

-  Prohíbe:  * Tomar o retener el bien del prójimo injustamente.

  

  *  Perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes.

  

 

 

- Prescribe:  * Gestionar con justicia y caridad los bienes terrenos y el fruto del trabajo humano.

  

  *  Respetar el destino universal de los bienes y el derecho a la propiedad privada.

  

  * Ordenar a Dios y a la caridad fraterna los       bienes de este mundo.

  

  

1.     Destino universal de los bienes y propiedad privada.

2.     El respeto de las personas y de sus bienes.

3.     La doctrina social de la Iglesia.

4.     Actividad económica y justicia social.

5.     Justicia y solidaridad entre las naciones.

6.     El amor a los pobres.

 

Destino universal de los bienes y propiedad privada:

 

 

Dios ha creado el mundo para la humanidad entera. Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. “Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres”.

  

“El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio”.

 

 

El que posee bienes debe procurar que aprovechen también al prójimo. Y debe reservar lo mejor para el huésped, el enfermo o el pobre.

  

“La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad privada”.

   

El respeto de las personas y de sus bienes:

  

En materia económica hay que vivir las virtudes:

  

-        Templaza: Para moderar el apego a los bienes de este mundo.

  

-        Justicia: Para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido.

  

-        Solidaridad: Siguiendo la regla de oro y según la generosidad del Señor, que siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que nos enriqueciéramos con su pobreza.

  

     

■ El respeto de los bienes ajenos:

 

 

-         “El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño”. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de urgente necesidad.

 

 

-         También prohíbe: Retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio, pagar salarios injustos, elevar los precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas. La especulación, la corrupción, la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa, los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas. Se exige en todos los casos la reparación.

 

 

-         Las promesas y los contratos deben cumplirse. Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones en el respeto exacto de sus derechos. “La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia distributiva que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades”.

 

 

En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario. Así hizo Zaqueo (Lc 19, 8).

 

 

-         “Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás. La pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el daño infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo”.

 

 

-         El séptimo mandamiento proscribe aquellos actos o empresas que conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía.

  

■ El respeto de la integridad de la Creación:

 

 

El séptimo mandamiento exige un respeto religioso a la integridad de la creación. Minerales, vegetales y animales están destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura. El dominio sobre los seres creados no es absoluto, viene limitado por el cuidado de la calidad de vida del prójimo y de las generaciones venideras.

  

-         “Es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen dentro de límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas”.

 

 

-         “Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos”.

  

  

La doctrina social de la Iglesia:

  

“La revelación cristiana (…) nos conduce a una comprensión más profunda de las leyes de la vida social. La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de la verdad del hombre”.

  

La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (Gaudium et spes n. 76).

  

La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en el siglo XIX a causa de la aparición de la sociedad industrial y junto a ella del proletariado.

La doctrina social de la Iglesia estudia al hombre en sociedad, sus derechos y deberes, su dignidad a la luz de la verdad revelada por Cristo Jesús.

  

Algunos puntos de la doctrina social son:

  

1.-  Todo sistema según el cual las relaciones sociales deben estar determinadas enteramente por los factores económicos, resulta contrario a la naturaleza de la persona humana y de sus actos.

  

2.-  Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable.

  

3.-  Un sistema que sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción es contrario a la dignidad del hombre.

  

4.- “La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al comunismo o socialismo. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del capitalismo el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano”.

  

  

Actividad económica y justicia social:

  

La actividad económica y la producción de bienes están al servicio de las personas y por tanto están limitadas por el orden moral según la justicia social.

  

El trabajo humano es un deber, “si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3, 10). Jesús trabajó durante la mayor parte de su vida, con lo que el trabajo queda elevado a realidad santificable y santificadora. Con su trabajo colabora en la creación y en la Redención.

 

 

“En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana”.

  

Derecho de iniciativa económica: Ajustándose a la reglamentación de la Autoridad  legítima con miras al bien común, cada uno puede usar de sus talentos para producir bienes y recoger los frutos.

  

La vida económica: Ante los conflictos, habrá que esforzarse en la negociación entre las partes implicadas para llegar a acuerdos justos.

  

La responsabilidad del Estado:

 

 

-         Garantizar la libertad individual y la propiedad.

 

 

-         Garantizar un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes.

 

 

-         Encauzar y vigilar el ejercicio de los derechos humanos en el sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad no es del Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos y asociaciones en que se articula la sociedad.

  

Los responsables de las empresas: Están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. “Sin embargo, éstas son necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas y garantizan los puestos de trabajo”. Mirar por el bien de las personas incluye la ecología.

  

“El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados”. Los ciudadanos deben tener posibilidad para acceder al mercado del trabajo.

  

El salario justo: Es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia. “El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común. El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario”.

La huelga: Es moralmente legítima cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado. Es inaceptable si va acompañada de violencia y cuando los objetivos son contrarios al bien común o no directamente vinculados a las condiciones laborales.

  

“Es injusto no pagar a los organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las autoridades legítimas”.

  

“La privación del trabajo a causa del desempleo es casi siempre para su víctima un atentado contra su dignidad y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además del daño personal padecido, de esa privación se derivan riesgos numerosos para su hogar”.

  

  

Justicia y solidaridad entre las naciones:

  

Entre las naciones hay diferencias económicas que crean abismos. Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas. Es necesaria la solidaridad entre las naciones. Es indispensable acabar con los “mecanismos perversos” que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados.

  

“Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usurarios, las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos”. Y movilizar recursos que ayuden al desarrollo moral, cultural y económico.

  

·        Las naciones ricas: Deben ayudar el progreso de las naciones más desfavorecidas, sobre todo si su bienestar procede de recursos que no han sido pagados con justicia.

 

 

·        La ayuda directa: Es una respuesta apropiada en casos extraordinarios como catástrofes naturales, epidemias, etc. Para el desarrollo de las naciones pobres es necesario reformar las instituciones económicas y financieras internacionales.

 

 

·        “Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de si mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana”.

 

 

·        “No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos”.

 

 

La acción social debe buscar el bien común ajustándose al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia, que propone unos principios que hay que aplicar a las situaciones concretas. Estas concreciones son múltiples y por tanto no es raro que surjan iniciativas dispares.

  

  

El amor a los pobres:

  

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo.

 

 

-         “A quien te pida da, al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda” (Mt 5, 42).

 

 

-         Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (Mt 25, 31-36).

 

 

-         El signo de la presencia de Cristo es que la buena nueva es “anunciada a los pobres” (Mt 11, 5).

  

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición y se funda en la actitud de Jesucristo hacia ellos. La acción por erradicar la pobreza incluye el aspecto material, cultural y religioso.

  

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas, su uso egoísta o su derroche (cf. St 5, 1-6).

  

Según los Santos Padres dar a los pobres es cuestión de justicia:

 

 

-         “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; (…) lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos” (San Juan Crisóstomo).

 

 

-         “Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia” (San Gregorio Magno).

  

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales.

 

 

-         Espirituales son: Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia.

 

 

-         Corporales son: Dar de comer al hambriento, dar techo al que no tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos.

  

La limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna.

 

 

-         “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3, 11).

 

 

-         “Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros” (Lc 11, 41).

 

 

-         “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: <<Id en paz, calentaos o hartaos>>, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (St 2, 15-16).

  

La miseria humana pone de manifiesto la debilidad del hombre tras el primer pecado y la necesidad de salvación. Cristo ha querido cargar sobre sí esas miserias e identificarse con lo más pequeños de sus hermanos. La Iglesia ha tenido hacia los oprimidos por la miseria un amor de preferencia desde los orígenes y no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables.

  

Cristo dice que a los pobres siempre los tendremos y nos invita a reconocer su presencia en los pobres, que son sus hermanos.

  

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo”.

  

  

RESUMEN:

“No robarás” (Dt 5, 19). “Ni los ladrones, ni los avaros..., ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Co 6, 10).

El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres.

Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.

El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.

Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.

”La ley moral prohíbe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías.”

 “El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las generaciones venideras”.

Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre.

 La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Cuida del bien común temporal de los hombres en razón de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último.

El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.

El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona a fin de responder a su vocación y, por lo tanto, a la llamada de Dios (cf CA 29).

La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola (cf 16, 19-31). En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: “Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos, también conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25, 45).

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