Catecismo

TEMA 73º

 

LAS SIETE PETICIONES DEL PADRE NUESTRO

(N. 2803-2856. Resúmenes 2857-2865)

 

 

El primer grupo de peticiones (tres) nos lleva hacia Él para Él: santificado sea (...) venga (...) hágase (...).

 

El segundo grupo de peticiones (cuatro) son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias: danos (...) perdónanos (...) no nos dejes (...) líbranos.

 

 

1. “Santificado sea tu Nombre”.

2. “Venga a nosotros tu Reino”.

3. “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

4. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

5. “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

6. “No nos dejen caer en la tentación”.

7. “Y líbranos del mal”.

8. La doxología final.

 

“Santificado sea tu Nombre”:

 

El término santificar no hay que entenderlo en sentido causativo, ya que Dios es Santo, sólo Él santifica y hace santo. Hay que entenderlo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de una manera santa. Es a la vez una alabanza y una acción de gracias. Pedir que el Nombre de Dios sea santificado, también, nos compromete para que seamos “santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4).

 

La escritura llama Gloria a la manifestación en la historia y en la creación de la santidad divina.

 

“¿Quién podría santificar a Dios puesto que Él santifica? Inspirándonos nosotros en estas palabras: <<Sed santos porque yo soy santo>> (Lv 11, 44), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación incesante (...) Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad permanezca en nosotros” (San Cipriano de Cartago).

 

“Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que su Nombre sea santificado entre las naciones”.

 

“Si nosotros vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es blasfemado, según las palabras del Apóstol: <<el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones>> (Rm 2, 24). Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo es el nombre de nuestro Dios” (San Pedro Crisólogo).

 

“Esta petición, que contiene todas, es escuchada gracias a la oración de Cristo, como las otras seis que siguen”. “Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado” (Jn 17, 11).

 

 

“Venga a nosotros tu Reino”:

 

La palabra basileia en el Nuevo Testamento se puede traducir por:

 

-         Realeza (nombre abstracto)

-         Reino (nombre concreto)

-         Reinado (nombre de acción, de reinar)

 

El Reino de Dios es para nosotros lo más importante.

 

“Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la mente y Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre”.

 

Esta petición expresa el deseo de la venida de Cristo en gloria, es el Marana Tha, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”.

 

“Incluso (...) puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en Persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos” (San Cipriano de Cartago).

 

“En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo. Pero ese deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo”.

 

El Reino de Dios es justicia, gozo y paz en el Espíritu. En el estado actual está en tensión, en combate entre la “carne” y el Espíritu. “Sólo un corazón puro puede decir con seguridad: <<¡Venga a nosotros tu Reino!>> Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: <<Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal>> (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: <<¡Venga tu Reino!>>” (San Cirilo de Jerusalén).

 

“Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en la que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías  y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz”.

 

“Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús, presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las bienaventuranzas”.

 

 

“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”:

 

“La voluntad de nuestro Padre es <<que todos los hombres (...) se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad>>  (1 Tm 2, 4). Él <<usa de paciencia (...) no queriendo que algunos perezcan>> (2 P 3, 9). Su mandamiento, que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad, es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado”.

 

“En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas”. “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42), “se entregó a sí mismo por nuestros pecados (...) según la voluntad de Dios” (Ga 1, 4).

 

“Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo”.

 

“Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con Él, y así cumplir su voluntad: de esta forma esta se hará tanto en la tierra como en el cielo” (Orígenes).

 

“Considerad cómo (Jesucristo) nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. Él ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice <<Que tu voluntad se haga en mí>> o en vosotros <<sino en toda la tierra>>: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio quede destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo” (San Juan Crisóstomo).

 

A través de la oración podemos ir conociendo la voluntad concreta de Dios sobre nosotros. Pero no está en palabras el Reino de Dios sino en cumplir la voluntad del Padre. El que hace la voluntad de Dios “a ése le escucha” (Jn 9, 31).

 

 

“Danos hoy nuestro pan de cada día”:

 

a)    “Danos”: Es hermosa la confianza de los hijos que esperan todo de su Padre. “Hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45) y da a todos los vivientes “a su tiempo su alimento” (Sal 104, 27). Pedimos para todos los hombres ese pan, solidarios de sus necesidades y sufrimientos.

 

b)    “Nuestro pan”: “El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales”. Jesús quiere que nos abandonemos como hijos en las manos de Dios, sin ser pasivos, no debemos agobiarnos y preocuparnos hasta extremos enfermizos. “A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios” (San Cipriano de Cartago).

 

El drama del hombre en el mundo da a esta petición una dimensión de solidaridad con la familia humana.

 

“Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo. Debe manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar jamás que no hay estructura justa sin seres humanos que quieran ser justos”.

 

Esta petición invita a compartir por amor los bienes materiales y espirituales para que la abundancia de unos, remedie las necesidades de otros.

 

<<Ora et labora>> (San Benito). <<Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros>> (San Ignacio de Loyola). Después de realizado nuestro trabajo, el alimento continúa siendo don de nuestro Padre: es bueno pedírselo y darle gracias por él. Este es el sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana”.

 

“No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4), es decir de su Palabra y de su Espíritu. “Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para anunciar el Evangelio a  los pobres. Hay hambre sobre la tierra, <<mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios>> (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía”.

 

c)    “De cada día”: La palabra griega epiousion sólo se emplea en el Nuevo Testamento. Tiene varios sentidos:

 

 

-         Sentido temporal: Es una repetición de “hoy” para confirmarnos en una confianza sin reserva.

 

 

-         Sentido cualitativo: Significa lo necesario para la vida, para la subsistencia.

 

 

-         Tomada al pie de la letra (epiousion <<lo más esencial>>) designa directamente al Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, remedio de inmortalidad sin el cual no tenemos la vida en nosotros.

 

 

-         Sentido celestial: Este día es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre “cada día”.

 

“El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del cielo. Cristo mismo es pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial” (San Pedro Crisólogo).

 

“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”:

 

Esta petición es sorprendente pues nuestra petición de perdón no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia.

 

a)    “Perdona nuestras ofensas...”: “Revestidos de la gracia bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición nos volvemos a Él, como el hijo pródigo, y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano”.

El perdón de Dios lo encontramos de modo eficaz en los sacramentos de la Iglesia. Pero es temible que la misericordia de Dios no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido.

 

b)    “... Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: “No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión”.

 

La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos.

El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.

 

“No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino. Si se trata de ofensas (de <<Pecados>> según Lc 11, 4, o de <<deudas>> según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: <<Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor>> (Rm 13, 8)”.

 

“Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel” (San Cipriano de Cartago).

 

“No nos dejes caer en la tentación”:

 

El pecado es el fruto de la tentación. “Pedimos a nuestro Padre que no nos deje caer en ella”. Le pedimos que no nos deje entrar por el camino del mal. Hay que distinguir entre ser tentado y consentir. En la lucha interior se forja el crecimiento espiritual del hombre.

 

“Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres (...) En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado” (Orígenes).

 

“No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito” (1 Co 10, 13).

 

En el combate espiritual, la victoria sólo es posible con la oración. Hay que estar vigilantes para guardar el corazón.

 

“Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. <<Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela>> (Ap 16, 15)”.

 

 

“Y líbranos del mal”:

  

 

“No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). Esta petición la hacemos por cada uno y por toda la Iglesia.

 

“En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El diablo (diá-bolos) es aquél que se atraviesa en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo”.

 

“El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio: <<Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?>> (Rm 8, 31)” (San Ambrosio).

 

El príncipe de este mundo ha sido vencido de una vez por todas por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Pero no deja de perturbar a la Iglesia en su caminar terreno. “Por eso el Espíritu y la Iglesia oran: <<Ven, Señor Jesús >> (Ap 22, 17.20), ya que su venida nos librará del Maligno”.

 

“Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males”. Presentamos las desdichas del mundo para que ponga remedio.

 

“Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloria venida de nuestros Salvador Jesucristo” (Rito de la Comunión. Embolismo).

 

 

La doxología final:

  

 

“Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre Señor”. Amén: Así sea lo que contiene la oración.

 

 

RESUMEN:

  

 

●  “En el Padre Nuestro las tres primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: La santificación del nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a vuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal”.

 

● Santificado sea tu Nombre: Que resplandezca su Nombre en nosotros y por nosotros, lo mismo que en toda nación y cada hombre.

 

●  “En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el <<hoy>> de nuestras vidas”.

 

●  “En la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo”.

 

 

●  En la cuarta petición: “Danos” significa la confianza que tenemos en nuestro Padre del Cielo. “Nuestro pan” es el alimento terreno y el alimento espiritual de su Palabra y de la Eucaristía. Se recibe en el “hoy” de Dios lo más esencial del Festín del Reino que anticipa la Eucaristía.

 

●  “La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo”.

 

●  “Al decir: <<No nos dejes caer en la tentación>>, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

 

●  “En la última petición, <<y líbranos del mal>>, el cristiano pide a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria ya conquistada por Cristo, sobre el <<príncipe de este mundo>>, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación”.

 

●  “Con el <<Amén>> final expresamos nuestro <<fiat>> respecto a las siete peticiones: <<Así sea>>”.

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